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PROLOGO

PRIMERA ESFERA

Año 879 - En algún lugar del monte Merón.


Yusuf observaba sus cabras rebuscar entre las rojizas piedras, en la falda del monte, el más mínimo atisbo de pasto. Algunas arañaban la tierra con sus pezuñas y después bajaban su hocico mordisqueando los tiernos brotes que aún no había acabado de salir buscando el sol. El pastor suspiró algo cansado, la edad no perdonaba y si no fuera por la ayuda del pequeño Abdalá es posible que sus días estuvieran llegando a su fin. Estaba en paz con Alá, podía reclamarlo cuando quisiera.

Hace muchos, muchos años, yo era un ser humano, como lo eres tú que lees estas palabras mal escritas. Ahora vivo en las profundidades de la tierra, junto a los que son mis hermanos. Si por casualidad me vieras, no lo creerías y el terror recorrería todo tu cuerpo al ver un ser salido del mismísimo Infierno. He decidido escribirlo. Aunque mis ojos no vean, aún recuerdo cómo son los símbolos llamados letras y como formar las frases adecuadas. Podrías escribirlo tú si te lo contara, pero mi voz ya casi no es capaz de articular un idioma conocido por quienes viven en la superficie. Además, no podrías relatarlo, porque si me encontraras en una noche oscura y sin Luna, significaría que yo sería lo último que vieras en tu vida.

Volvía a casa tras dejar a Isabel. No iba deprisa, más bien al contrario, conducía relajadamente. Un todoterreno invadió mi parte de la carretera y chocó frontalmente contra mi coche. Es sorprendente como pude percibirlo todo a cámara lenta. Los faros que venían directos hacia mí, el choque, ver cómo se arrugaba la chapa de la parte delantera, el despliegue del airbag contra el que mi rostro golpeó, el crujido de los huesos de mi nariz, volver a ser tirado hacia atrás con fuerza, el choque brutal contra el reposacabezas... Y entonces, todo se volvió negro. Al poco, la negrura desapareció y surgieron luminosos destellos que crecían en velocidad e intensidad, hasta que todo se volvió de un blanco brillante, tanto que hería mis ojos. La luminosa blancura desapareció y entonces...

Tierra de Nadie, esa zona del frente que separada a dos ejércitos enfrentados. A veces es estrecha, unos doscientos o trescientos metros, otras mucho más ancha. Trincheras a cada lado y en su centro, alambradas de espino, minas, hoyos de obuses y muertos, la mayor de las veces repartidos en trozos, pero sobre todo, miedo y terror. En Tierra de Nadie también hay vivos, ocultos en agujeros como puestos avanzados de vigilancia de las propias trincheras, agujeros cincuenta o cien metros más cerca del enemigo, donde alguien se agazapa silencioso, atento al menor ruido que delate que una patrulla se acerca a investigar, o quizás a capturar a uno de ellos. Esta noche, uno de esos soldados en un puesto avanzado, soy yo.

Primera y Segunda Parte

Existe un pueblo que no aparece en los mapas y nunca olvidaré el día de mi llegada cuando, ante un vaso de añejo vino, unos sonrientes aldeanos me preguntaron cuál era mi oficio y yo inocentemente respondí: escritor. En ese momento no tenía ni la más remota idea de lo que aquello iba a significar, de la vida de espanto, dolor y miedo que iba a vivir a partir de entonces. Pavor ante la hoja en blanco, horror ante la evidencia de que ese día sería incapaz de escribir una sola línea, pánico ante las consecuencias. Pero será mejor que comience a relataros esta pesadilla en la que vivo desde el principio...

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